Hoy he echado la vista atrás, he cogido mis recuerdos y los he puesto en la balanza. Hay que ver lo que cambian las cosas, cómo cambia la vida, cómo cambia el mundo. Hace cosa de un año lo perdí todo, las ilusiones, las esperanzas, y hasta las ganas de vivir. No sé si conoces esa sensación de tenerlo todo, el sentir que tu vida está completa y que no necesitas nada más. Bien, si es así, ahora párate a pensar qué pasaría si de golpe alguien te lo arrebatara todo. ¿Doloroso, verdad? Así me sentí yo. Esa sensación de estar en una caída constante, el querer estrellarte contra el suelo y dejar tus restos esparcidos por las baldosas, la sangre salpicando las caras de los espectadores. Pero no dejas de caer, no cesa por mucho que lo desees.
Pasé meses cayendo sin sentido, aturdida y mareada. Por el camino creí que podía intentar volar, pero sólo fue un paracaídas provisional que frenó un poco la caída, sólo por un tiempo. Los hilos se rompieron, me enredé en ellos y volví a caer a toda velocidad y más indefensa que nunca. Te encontré por el camino, tú también caías, aunque no querías que así se viese. Parecía que flotabas. Tú, tan seguro de ti mismo, tan fuerte, tan diferente. Aún así, no quise verte. Me había acostumbrado a la caída, significaba que mientras cayese seguiría conectada a lo que me había soltado. Supongo que ya no quería aterrizar, quería seguir en ese vacío, agarrándome a mis recuerdos. Recuerdo que revoloteaste a mi alrededor, intentaste darme alas, pero yo no quise aceptarlas y te espanté como si de una mosca se tratase. Lo que no vi fue que no era una mosca, si no el fénix que me haría resurgir de las cenizas. Pero no lo ví. No quise verlo. "Tiempo al tiempo" dijiste. Yo no escuché. No quise escuchar. Seguía cayendo, pero ahora tú vigilabas mi caída, cada metro que descendía, tú lo estabas controlando. Siempre tan controlador y seguro de ti mismo. A pesar de mis negaciones, tú no abandonaste. Estabas ahí, y yo te veía, pero no quería verte. Y no sé cómo llegó, cómo ocurrió, acabé viéndome amarrada a ti, cesando la caída, apaciguando el dolor. Creaste nuevas cadenas y borraste las anteriores. Conseguiste devolverme la esperanza, como un ángel alado que trae la salvación a la Tierra. Sólo que no era la Tierra, si no mi vida, y tú la estabas arreglando. Me acunaste en tu pecho y luchaste con la fe de que mis heridas sanasen y abriese los ojos para verte. Y te vi. Eras tú. Y nuestros pies tocaron el suelo. No hubo dolor, ni golpe, ni sangre salpicando las paredes. Sólo calma. Intenté caminar, pero había pasado tanto tiempo cayendo que no recordaba cómo avanzar hacia adelante. Pero cómo olvidarlo, tú estabas ahí, tomaste mi mano y me enseñaste a andar de nuevo, a pisar mejor y más fuerte. Juntos caminamos, aprendimos a escalar y volvimos a subir hacia arriba. Dejamos el suelo y volamos por encima de las nubes. Lo habíamos conseguido, habíamos dejado de caer, sin dolor, sin sufrimiento, y habíamos vuelto a resurgir. Sólo nos necesitábamos el uno al otro.
Gracias, XIII.
No hay comentarios:
Publicar un comentario