miércoles, 21 de diciembre de 2011

Corren buenos tiempos.

"Los días habían transcurrido más rápido de lo normal. Ya había pasado un mes y una semana desde que había vuelto a aquél pequeño pueblo perdido de la mano de Dios. Me sentía como si hubiese pasado mi vida entera allí, y al mismo tiempo sentía que ni siquiera habían pasado tres días desde que llegué. Ahora se acababa todo y volvía de nuevo el agobio de la ciudad. No quería dejar de pisar aquellas calles, ni dejar de ver a toda la gente que allí me rodeaba. Quería seguir despertándome  y ver que aún estaba en aquél lugar. Asomarme al balcón y ver la estrecha, pero larga calle en la que se encontraba mi casa. Salir y sentir la diferencia que había entre el aire puro de un pueblo y la contaminación de la ciudad. Quería quedarme allí. No quería irme. Pero mis maletas ya estaban cargadas en el coche. Era el momento. El momento de despedirme, de decir adiós. Subí al coche. Arrancamos. Tras de mi quedaba el recuerdo de otro verano más allí, con ellos. Vi por última vez aquella fuente a la que acudíamos la mayoría de noches, y el bar de siempre. Entonces cruzamos el cartel que marcaba el final del pueblo y echando la vista atrás, mencioné un “Hasta la próxima” para mí misma, Una lágrima cayó rodando por mi mejilla. Atrás quedaban cada uno de los momentos vividos durante aquel mes. Atrás quedaban las noches de fiesta. Atrás quedaban ellos. Atrás quedaba aquél verano. Mi verano."


(Texto del 1 de setiembre de 2009)

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